sábado, 22 de abril de 2017

DIVINA MISERICORDIA: 10 cosas que debes saber de la Fiesta de la Divina Misericordia

(ACIPRENSA).- La Iglesia celebra el segundo Domingo de Pascua la Fiesta de la Divina de la Misericordia. ¿Qué es y por qué es tan importante este día para los católicos? Estas son 10 cosas que debes saber al respecto:

1. El Domingo de la Misericordia se basa en revelaciones privadas

Esta celebración se lleva a cabo en el segundo Domingo de Pascua. Se basa en las revelaciones privadas de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca que recibió mensajes de Jesús sobre su Divina Misericordia en el pueblo de Plock, Polonia.

2. Forma parte del calendario de la Iglesia por acción de San Juan Pablo II

En el año 2000 el Papa Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina y durante la ceremonia declaró: “así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de ‘Domingo de la Divina Misericordia” (Homilía, 30 de Abril, 2000).

3. Esta revelación privada tiene efectos válidos en la liturgia

En su comentario teológico sobre el mensaje de Fátima, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, ahora Papa Emérito Benedicto XVI, escribió: “podemos añadir que a menudo las revelaciones privadas provienen sobre todo de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren para ella nuevas formas. Eso no excluye que tengan efectos incluso sobre la liturgia, como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Christi y del Sagrado Corazón de Jesús”.

4. La Iglesia invita a celebrar la Divina Misericordia de varias formas

Entre otras cosas, ofrece una indulgencia plenaria: “para hacer que los fieles vivan con intensa piedad esta celebración, el mismo Juan Pablo II ha establecido que el citado domingo se enriquezca con la indulgencia plenaria para que los fieles reciban con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo y cultiven así una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo, y una vez obtenido de Dios el perdón de sus pecados, ellos a su vez perdonen generosamente a sus hermanos”. [Decreto de la Penitenciaría Apostólica del 2002]

5. La imagen de la Divina Misericordia fue revelada por Jesús mismo

Esta imagen le fue revelada a Santa Faustina en 1931 y Jesús mismo le pidió que se pintara. Luego el Señor le explicaría su significado y lo que los fieles alcanzarán con ella.
En la mayoría de versiones Jesús se muestra levantando su mano derecha en señal de bendición, y apuntando con su mano izquierda sobre su pecho fluyen dos rayos: uno rojo y otro blanco.

“El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (…). Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos” (Diario, 299). Toda la imagen es un símbolo de la caridad, el perdón y el amor de Dios, conocida como la "Fuente de la Misericordia".

6. Esta devoción cuenta con oraciones particulares

La Coronilla es un conjunto de oraciones utilizadas como parte de la devoción a la Divina Misericordia. Se suele rezar a las 3:00 pm (el momento de la muerte de Jesús) utilizando las cuentas del Santo Rosario, pero con un conjunto diferente de oraciones.

7. La Divina Misericordia está vinculada al Evangelio del segundo Domingo de Pascua

La imagen de la Divina Misericordia representa a Jesús en el momento en que se aparece a los discípulos en el Cenáculo –tras la resurrección–, cuando se les da el poder de perdonar o retener los pecados.

Este momento está registrado en Juan 20: 19-31, que es la lectura del Evangelio de este domingo.

La lectura se coloca en ese día porque incluye la aparición de Jesús al apóstol Tomás (en la que Jesús lo invita a tocar sus llagas). Este evento ocurrió en el octavo día después de la Resurrección (Juan 20:26) y por ello se utiliza en la liturgia ocho días después de la Pascua.

8. Los sacerdotes tienen un poder especial para administrar la Divina Misericordia

En Juan 20, 21-23 dice: “Jesús les dijo otra vez: ‘La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío’. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”.

9. La confesión es la acción de la Divina Misericordia hasta el fin de los tiempos

Jesús capacitó a los apóstoles (y sus sucesores en el ministerio) con el Espíritu Santo para perdonar o retener (no perdonar) los pecados. Debido a que están facultados con el Espíritu de Dios para hacer esto, su administración del perdón es eficaz: realmente elimina el pecado en lugar de ser solo un símbolo de perdón.

10. En las revelaciones privadas Jesús le da suma importancia a su Segunda Venida

Jesús promete regresar en gloria a juzgar al mundo en el amor, como claramente lo dice en su discurso del Reino en los capítulos 13 y 25 de San Mateo.

Solo en el contexto de una revelación pública como es enseñado por el Magisterio de la Iglesia se puede situar las palabras de la revelación privada dada a Sor Faustina:

“Prepararás al mundo para Mí última venida”. (Diario 429) “Habla al mundo de mi Misericordia….Es señal de los últimos tiempos después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia”. (Diario 848)

“Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia”. (Diario 965)

“Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita”. (Diario 1160) 

“Antes del Día de la justicia envío el día de la misericordia”. (Diario 1588)

“Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”. (Diario 1146).


Traducido y adaptado por Diego López Marina. Publicado originalmente en National Catholic Register.

jueves, 20 de abril de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “La resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra esperanza”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 19 de abril de 2017



Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nos encontramos hoy, en la luz de la Pascua, que hemos celebrado y continuamos celebrándola en la Liturgia. Por esto, en nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy deseo hablarles de Cristo Resucitado, nuestra esperanza, así como lo presenta San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (Cfr. cap. 15).

El apóstol quiere resolver una problemática que seguramente en la comunidad de Corinto estaba al centro de las discusiones. La resurrección es el último argumento afrontado en la Carta, pero probablemente, en orden de importancia, es el primero: de hecho todo se apoya en este presupuesto.

Hablando a los cristianos, Pablo parte de un dato indudable, que no es el éxito de una reflexión de algún hombre sabio, sino un hecho, un simple hecho que ha intervenido en la vida de algunas personas. El cristianismo nace de aquí. No es una ideología, no es un sistema filosófico, sino es un camino de fe que parte de un advenimiento, testimoniado por los primeros discípulos de Jesús. Pablo lo resume de este modo: Jesús murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a Pedro y a los Doce (Cfr. 1 Cor 15,3-5). Este es el hecho. Ha muerto, fue sepultado, ha resucitado, se ha aparecido. Es decir: Jesús está vivo. Este es el núcleo del mensaje cristiano.

Anunciando este advenimiento, que es el núcleo central de la fe, Pablo insiste sobre todo en el último elemento del misterio pascual, es decir, en el hecho de que Jesús ha resucitado. Si de hecho, todo hubiese terminado con la muerte, en Él tendríamos un ejemplo de entrega suprema, pero esto no podría generar nuestra fe. Ha sido un héroe. ¡No! Ha muerto, pero ha resucitado. Porque la fe nace de la resurrección. Aceptar que Cristo ha muerto, y ha muerto crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En cambio, creer que ha resucitado sí. Nuestra fe nace en la mañana de Pascua. Pablo hace una lista de las personas a las cuales Jesús resucitado se les aparece (Cfr. vv. 5-7). Tenemos aquí una pequeña síntesis de todas las narraciones pascuales y de todas las personas que han entrado en contacto con el Resucitado. Al inicio de la lista están Cefas, es decir, Pedro, y el grupo de los Doce, luego “quinientos hermanos” muchos de los cuales podían dar todavía sus testimonios, luego es citado Santiago. El último de la lista – como el menos digno de todos – es él mismo, Pablo dice de sí mismo: “como un aborto” (Cfr. v. 8).

Pablo usa esta expresión porque su historia personal es dramática: pero él no era un monaguillo, ¿eh? Él era un perseguidor de la Iglesia, orgulloso de sus propias convicciones; se sentía un hombre realizado, con una idea muy clara de cómo es la vida con sus deberes. Pero, en este cuadro perfecto – todo era perfecto en Pablo, sabía todo – en este cuadro perfecto de vida, un día sucedió lo que era absolutamente imprevisible: el encuentro con Jesús Resucitado, en el camino a Damasco. Allí no había sólo un hombre que cayó en la tierra: había una persona atrapada por un advenimiento que le habría cambiado el sentido de la vida. Y el perseguidor se convierte en apóstol, ¿Por qué? ¡Porque yo he visto a Jesús vivo! ¡Yo he visto a Jesús resucitado! Este es el fundamento de la fe de Pablo, como de la fe de los demás apóstoles, como de la fe de la Iglesia, como de nuestra fe.

¡Qué bello es pensar que el cristianismo, esencialmente, es esto! No es tanto nuestra búsqueda en relación a Dios – una búsqueda, en verdad, casi incierta – sino mejor dicho la búsqueda de Dios en relación con nosotros. Jesús nos ha tomado, nos ha atrapado, nos ha conquistado para no dejarnos más. El cristianismo es gracia, es sorpresa, y por este motivo presupone un corazón capaz de maravillarse. Un corazón cerrado, un corazón racionalista es incapaz de la maravilla, y no puede entender que cosa es el cristianismo. Porque el cristianismo es gracia, y la gracia solamente se percibe, más: se encuentra en la maravilla del encuentro.

Y entonces, también si somos pecadores – pero todos lo somos – si nuestros propósitos de bien se han quedado en el papel, o quizás sí, mirando nuestra vida, nos damos cuenta de haber sumado tantos fracasos. En la mañana de Pascua podemos hacer como aquellas personas de las cuales nos habla el Evangelio: ir al sepulcro de Cristo, ver la gran piedra removida y pensar que Dios está realizando para mí, para todos nosotros, un futuro inesperado. Ir a nuestro sepulcro: todos tenemos un poco dentro. Ir ahí, y ver como Dios es capaz de resucitar de ahí. Aquí hay felicidad, aquí hay alegría, vida, donde todos pensaban que había sólo tristeza, derrota y tinieblas. Dios hace crecer sus flores más bellas en medio a las piedras más áridas.

Ser cristianos significa no partir de la muerte, sino del amor de Dios por nosotros, que ha derrotado a nuestra acérrima enemiga. Dios es más grande de la nada, y basta sólo una luz encendida para vencer la más oscura de las noches. Pablo grita, evocando a los profetas: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» (v. 55). En estos días de Pascua, llevemos este grito en el corazón. Y si nos dirán del porqué de nuestra sonrisa donada y de nuestro paciente compartir, entonces podremos responder que Jesús está todavía aquí, que continúa estando vivo entre nosotros, que Jesús está aquí, en la Plaza, con nosotros: vivo y resucitado.

Francisco

martes, 18 de abril de 2017

ENTREVISTAS: Parroquias y diócesis profundizan en la Eucaristía con el pro multis

Queridos amigos y hermanos del blog: en la edición del pasado jueves 13 de abril el Semanario Católico de Información del Arzobispado de Madrid “Alfa y Omega” me realizó una entrevista sobre los cambios en el nuevo Misal. Les presento la versión más extensa, la que se publica en la edición on line y también la copia de la edición impresa. Dicha entrevista fue realizada por la periodista María Martínez López.




«No queríamos que el cambio se quedara en un libro al que solo tenemos acceso los sacerdotes», explica uno de los párrocos que ha aprovechado el nuevo Misal para organizar charlas sobre liturgia para sus fieles

«Por vosotros y por muchos». La nueva traducción de la fórmula de la consagración tendrá más fuerza que nunca en la tarde de este Jueves Santo. Para vivir mejor este momento, el oído de los fieles –y la lengua de los sacerdotes– se ha ido acostumbrando a la nueva edición del Misal durante toda la Cuaresma. Para facilitar la adaptación, además, los obispos miembros y los colaboradores de la Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española han recorrido las diócesis españolas explicando el cambio a sacerdotes y, en algunas ocasiones, también a laicos.

Es el caso de José Antonio Goñi Beásoain, delegado de Liturgia de Pamplona y Tudela y consultor de la Comisión de Liturgia. Él ha visitado desde Canarias hasta Vitoria, pasando por Ibiza. En varios de estos lugares, y en su propia diócesis, la presentación del Misal era abierta a los laicos. «La gente no se hace más problema sobre este cambio, ni es beligerante –explica–. Algunos sacerdotes sí protestan al principio. Pero cuando se les explica el porqué lo entienden y ven que tiene fundamento, que no es un capricho». Aunque sí conoció –añade–, a un sacerdote que «se lo había explicado a sus parroquianos por si iban a otro sitio, pero que él en su parroquia no lo iba a aplicar». El delegado de Liturgia confía en que «poco a poco se implante. Estos cambios se hacen gradualmente».

Una «puesta a punto»

José Luis Simón, párroco de la madrileña parroquia de San Leopoldo, reconoce que «me pasé las dos primeras semanas leyendo la fórmula al consagrar, por si me despistaba. Y en algún sitio donde aún no estaba el Misal nuevo, por inercia me seguía yendo al “y por todos los hombres”». Sus parroquianos, en cambio, no han tenido problema. Los dos sacerdotes de San Leopoldo habían dedicado a explicar el cambio las homilías del fin de semana anterior al I domingo de Cuaresma, y repartieron la carta de Benedicto XVI a los obispos alemanes en 2012 sobre esta cuestión.

Además, organizaron un ciclo de cuatro conferencias. El pro multis, reconoce Simón, se explica «en media hora. Pero en la parroquia buscamos ocasiones como esta para hacer una puesta a punto. Quisimos volver a explicar qué celebramos realmente en la Eucaristía»: el sacrificio actualizado de Cristo por cada uno, al que alimenta con Su vida. «Queríamos dar, a la gente que ya participa de ella con fe y devoción, palabras y razones para que también lo hagan con la cabeza. No queríamos que el cambio se quedara en un libro al que solo tenemos acceso los sacerdotes. Cuando intentas hacer la teología didáctica, la gente lo valora mucho».

Hasta los monjes

No es el único caso. En León –cuyo obispo, monseñor Julián López, preside la Comisión Episcopal de Liturgia–, se organizaron unas charlas cuaresmales en torno al Misal y a la Eucaristía. Fueron en la Real Colegiata de San Isidoro, muy vinculada al culto eucarístico porque tiene adoración eucarística prolongada. A Goñi, el delegado de Liturgia de Pamplona, un monasterio cisterciense de Palencia le ha pedido, también con ocasión de la nueva edición, que les dé un cursillo amplio sobre la Eucaristía.

En la diócesis madrileña de Getafe, el obispo auxiliar monseñor José Rico Pavés ha recorrido varios templos explicando los cambios y su relación con la institución de la Eucaristía. Uno de ellos fue la parroquia de Nuestra Señora de La Saleta, en la localidad de Alcorcón.

El párroco, José Antonio Medina, quiso «aprovechar para profundizar en el misterio de la Eucaristía» durante una de las catequesis parroquiales que cada segundo martes de mes reúnen a miembros de distintos grupos, áreas y movimientos de la comunidad. Al encuentro asistieron fieles de otras parroquias de la ciudad, porque Medina les invitó. La grabación se subió a la web de la parroquia, desde donde se ha descargado muchas veces, y se ofreció a Radio María, que la ha emitido varias veces.

Una llamada a la misión

Para el sacerdote José Antonio Medina, párroco de Nuestra Señora de La Saleta en Alcorcón (Madrid), interpretar el «por muchos» de la nueva fórmula de la consagración «como una reducción del “por todos” a “por algunos” ha sido simplemente la lectura apresurada de unos pocos sin incidencia real en el pueblo de Dios».

En su carta a los obispos alemanes, Benedicto XVI recordaba varios textos del Antiguo Testamento en los que se afirma que Jesús «murió por todos». «El ser y obrar de Jesús –explicaba el ahora Papa emérito– abarca a toda la humanidad. Pero históricamente, en la comunidad concreta de aquellos que celebran la Eucaristía, Él llega de hecho solo a “muchos”».

Para el fiel, esto tiene tres lecturas: en primer lugar, la gratitud por haber sido llamado y poder «estar con Él». Esta cercanía implica, además, la responsabilidad de «ser luz en el candelero, ciudad puesta en lo alto de un monte, levadura para todos». Por último, es un antídoto contra el desánimo que se puede sentir a veces por «no ser en absoluto “muchos”, sino muy pocos». «Nosotros somos muchos y representamos a todos», concluía el Pontífice alemán.

María Martínez López

jueves, 13 de abril de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Jesús ha traído al mundo una esperanza nueva”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 12 de abril de 2017


Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El domingo pasado hemos hecho memoria del ingreso de Jesús en Jerusalén, entre las aclamaciones festivas de los discípulos y de mucha gente. Esa gente ponía en Jesús muchas esperanzas: muchos esperaban de Él milagros y grandes signos, manifestaciones de poder e incluso la liberación de los enemigos dominantes. ¿Quién de ellos habría imaginado que dentro de poco Jesús habría sido en cambio humillado, condenado y asesinado en la cruz? Las esperanzas terrenas de esa gente se derrumbaron delante de la cruz. Pero nosotros creemos que justamente en el Crucificado nuestra esperanza ha renacido. Las esperanzas terrenas caen ante la cruz, pero renacen esperanzas nuevas, aquellas esperanzas que duran por siempre. Es una esperanza diversa esta que nace de la cruz. Es una esperanza diversa de aquellas que se derrumban, de aquellas del mundo. Pero ¿De qué esperanza se trata, esta esperanza que nace de la cruz?

Nos puede ayudar a entenderlo lo que dice Jesús justamente después de haber entrado a Jerusalén: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Tratemos de pensar en un grano o en una pequeña semilla, que cae en el terreno. Si permanece cerrado en sí mismo, no sucede nada; si en cambio se fracciona, se abre, entonces da vida a una espiga, a un retoño, y después a una planta y una planta que dará fruto.

Jesús ha traído al mundo una esperanza nueva y lo ha hecho a la manera de la semilla: se ha hecho pequeño, pequeño, pequeño como un grano de trigo; ha dejado su gloria celestial para venir entre nosotros: ha “caído en la tierra”. Pero todavía no era suficiente. Para dar fruto, Jesús ha vivido el amor hasta el extremo, dejándose fragmentar por la muerte como una semilla se deja fragmentar bajo la tierra. Justamente ahí, en el punto extremo de su anonadamiento – que es también el punto más alto del amor – ha germinado la esperanza. Si alguno de ustedes me pregunta: ¿Cómo nace la esperanza? Yo respondo: “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de ahí te llegará la esperanza que no desaparece jamás, aquella que dura hasta la vida eterna. Y esta esperanza ha germinado justamente por la fuerza del amor: porque el amor que «todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor 13,7), el amor que es la vida de Dios ha renovado todo lo que ha alcanzado. Así, en la Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo en sí, nuestro pecado en perdón. Pero escuchen bien cómo es la transformación que hace la Pascua: Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Es por esto, que en la cruz, ha nacido y renace siempre nuestra esperanza; es por esto que con Jesús toda nuestra oscuridad puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús que se ha hecho como el grano de trigo caído en la tierra y ha muerto para dar vida y de esa vida llena de amor viene la esperanza.

Cuando elegimos la esperanza de Jesús, poco a poco descubrimos que el modo de vivir vencedor es el de la semilla, el del amor humilde. No hay otra vía para vencer el mal y dar esperanza al mundo. Pero ustedes pueden decirme: “No, es una lógica equivocada”. Parecería así, que es una lógica frustrada, porque quien ama pierde poder. ¿Han pensado en esto? Quien ama pierde poder, quien dona, se despoja de algo y amar es un don. En realidad la lógica de la semilla que muere, del amor humilde, es la vía de Dios, y sólo esta da fruto. Lo vemos también en nosotros: poseer impulsa siempre a querer algo más: he obtenido una cosa para mí y enseguida quiero otra más grande, y así, no estoy jamás satisfecho. Es una sed terrible. Cuanto más tengo, más quiero. Es feo. Quien es ávido no se sacia jamás. Y Jesús lo dice de modo claro: «El que ama su vida, la perderá» (Jn 12,25). Tú eres codicioso, amas tener tantas cosas, pero perderás todo, también la vida, es decir: quien ama lo propio y vive por sus intereses se hincha sólo de sí y pierde. En cambio, quien acepta, es disponible y sirve, vive según el modo de Dios: entonces es vencedor, se salva a sí mismo y a los demás; se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bello ayudar a los demás, servir a los demás. Tal vez, nos cansaremos. La vida es así, pero el corazón se llena de alegría y de esperanza. Y esto es el amor y la esperanza juntos: servir, dar.

Claro, este amor verdadero pasa a través de la cruz, el sacrificio, como para Jesús. La cruz es el paso obligatorio, pero no es la meta, es un paso: la meta es la gloria, como nos muestra la Pascua. Y aquí nos ayuda otra imagen bellísima, que Jesús ha dejado a los discípulos durante la Última Cena. Dice: «La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo» (Jn 16,21). Es esto: donar la vida, no poseerla. Y esto es aquello que hacen las mamás: dan otra vida, sufren, pero luego son felices, gozosas porque han dado otra vida. Da alegría; el amor da a luz la vida y da incluso sentido al dolor. El amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Lo repito: el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Y cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Amo? ¿He aprendido a amar? ¿Aprendo todos los días a amar más?, porque el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días, días de amor, dejémonos envolver por el misterio de Jesús que, como un grano de trigo, muriendo nos dona la vida. Es Él la semilla de nuestra esperanza. Contemplemos al Crucificado, fuente de esperanza. Poco a poco entenderemos que esperar con Jesús es aprender a ver ya desde ahora la planta en la semilla, la Pascua en la cruz, la vida en la muerte. Pero yo quisiera darles una tarea para la casa. A todos nos hará bien detenernos ante el Crucificado – todos ustedes tienen uno en casa – mirarlo y decirle: “Contigo nada está perdido. Contigo puedo siempre esperar. Tú eres mi esperanza”. Imaginando ahora al Crucificado y todos juntos decimos a Jesús Crucificado, tres veces: “Tú eres mi esperanza”. Todos: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Gracias.

Francisco